Hoy fui al teatro a ver a alguien a quien admiro muchísimo.

Llevo siete años siguiendo su trabajo, aunque él ya lleva unos veinte de carrera. Siete años en los que he visto entrevistas, actuaciones, proyectos, momentos buenos y otros no tan buenos. Siete años en los que, sin que él tenga la m
enor idea, se ha convertido en alguien que forma parte de mi vida.
Y quizás ahí está el problema, porque yo sé perfectamente que para él probablemente soy una persona más, sé que no tiene por qué recordarme, sé que no tiene por qué reconocerme entre cientos o miles de personas, sé que cuando alguien empieza a ser más conocido, también cambia la manera en la que se relaciona con quienes lo siguen.
Hay más gente, más fotos. más saludos, más “gracias por venir”, más personas esperando esos pocos segundos que puede dedicarles.
Lo entiendo perfectamente. Racionalmente.
Emocionalmente... no tanto, La primera vez que vino, hace unos años, era diferente. Era un teatro pequeño, ni siquiera estaba lleno. Al terminar, estuvimos hablando unos diez minutos. Diez minutos que para él seguramente fueron una conversación más al final de una función, para mí no, para mí fue especial hablamos de lo que acababa de cantar, de su show, de sus compañeros de lo efectivo y asombroso que era él con su unipersonal
Me fui de allí con esa sensación bonita de haber podido hablar con alguien cuyo trabajo admiraba y que, además, había sido cercano y amable.
Después volvió.Ya empezaba a ser más conocido.
Aquella vez estaba cansado. Se le notaba incluso un poco fastidiado. Y lo entendí. No me molestó. Pensé: “También tiene derecho a estar cansado”.
Me hice la foto y me fui.No quería convertirme en una de esas personas que, por admirar a alguien, creen que tienen derecho a robarle más tiempo del que puede dar.
Y hoy volví a verlo.
Y quizás, aunque no quisiera reconocerlo, llevaba conmigo una pequeña expectativa.
No esperaba que me abrazara y dijera hola qué tal, tanto tiempo, no esperaba que supiera mi nombre, ni siquiera esperaba que recordara exactamente quién era yo.
Quizás solo esperaba un pequeño gesto. Algo que me hiciera sentir que aquellos siete años habían dejado, aunque fuera una pequeña huella pero no pasó, se tomó la foto dijo lo que dice a todos Y siguió adelante.
Y yo me fui con una pequeña tristeza que me costó incluso explicar.
Porque, ¿cómo puedes sentirte decepcionada por alguien que no te debe absolutamente nada?
¿Cómo puedes sentir que alguien te ha ignorado cuando, en realidad, esa persona ni siquiera sabe que estabas esperando ser reconocida? Y entonces entendí que el problema no era él.
Eran mis expectativas. Otra vez
Y hoy la realidad me recordó algo que ya sabía, para él probablemente fui una persona más. para mí, él y (y ellos ) han sido como una compañía desde la pandemia.
Y eso duele un poquito pero también creo que hay algo hermoso en aceptarlo porque aquella conversación de diez minutos no pierde su valor porque hoy no me haya reconocido.
El momento fue real.
La emoción fue real.
Lo que su trabajo ha significado para mí es real.
Aunque él nunca llegue a saberlo.
Y quizás eso es algo que nos pasa más veces de las que queremos admitir.
Nos encariñamos con personas que no nos conocen.
Admiramos a personas que jamás sabrán cuánto nos acompañaron en determinados momentos de nuestra vida.
Una canción puede salvarte un día y el cantante jamás sabrá que la escuchaste cuando estabas rota.
Un escritor puede cambiarte una manera de pensar y jamás sabrá que un libro suyo llegó justo cuando lo necesitabas.
Un actor puede hacerte reír durante años y jamás sabrá que alguna de sus actuaciones te hizo olvidar durante un rato un problema.
Y eso no hace que nuestra experiencia sea menos verdadera.
Quizás estamos demasiado acostumbrados a pensar que para que algo tenga valor tiene que ser correspondido.
Que si alguien ocupa un lugar especial en nuestra vida, nosotros también deberíamos ocupar un lugar especial en la suya.
Pero no funciona así. Hay personas que significan muchísimo para nosotros y nosotros somos apenas un instante en su historia.
Y también ocurre al revés, hay personas que quizás nos recuerdan con muchísimo cariño y nosotros ni siquiera recordamos haberlas conocido, no significa que alguien quiera menos.
Significa simplemente que las personas no vivimos las mismas historias desde el mismo lugar, así que si, hoy me fui del teatro un poco triste. Pero también un poquito más consciente.No quiero dejar de admirarlo.
No quiero convertir algo bonito en una decepción solamente porque mi expectativa no se cumplió.
Quiero quedarme con lo bueno, con aquellos diez minutos, con las veces que me ha hecho reír, con las veces que su trabajo me ha emocionado, con todos esos años en los que, sin saberlo, formó parte de mi vida. Y aprender a aceptar que quizás yo nunca formaré parte de la suya. Y está bien,Porque hay historias que no necesitan ser recíprocas para haber sido importantes.Y quizás la verdadera lección de hoy no es que él no me recuerde.
Es que yo no necesito ser recordada por alguien para validar lo que esa persona significó para mí.
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